Progresiones del rock
Por: Rafael Valdizan
Los sigo desde hace décadas. Y no necesariamente por “Dust in the Wind”, esa melodía entrañable acompañada por cuerdas de guitarra y violín que se metió en las radios del mundo sin pedir permiso. Un gran tema, sin duda, pero no representativo de los complejos vericuetos que la banda acuñó desde sus inicios, en los primeros años setenta. Llegué a Kansas de manera fortuita –intercambiando cintas– y, a partir de ese momento, solo quise buscar más de ellos, completar su discografía.
Su música, encajada dentro del prog rock, distaba mucho de la de otros colegas: si bien no poseía el genio imprevisible de King Crimson o del primer Genesis, era más llevadera, tal vez, que la de Yes (que en ocasiones resultaba soporífera). Era rica en matices, en esos despegues hacia ritmos aparentemente imposibles, en giros y texturas (brutal la convivencia de guitarras limpias y distorsionadas, el violín de Robby Steinhardt y teclados).
Frecuentemente, Kansas tendía bisagras entre el rock y la música sinfónica: no olvidemos ‘minisuites’ como “Apercu”, “Journey from Mariabronn”, “Icarus-Borne on Wings of Steel”, “Magnum Opus” e “Incomudro-Hymn to the Atman”. Pero también volaba raso, a través de piezas más breves, directas y de compases menos laberínticos: de “Carry On Wayward Son” a “Point of Know Return, pasando por “The Wall” o “Paradox”, entre otras tantas. Es decir, había en sus valijas obras de todo calibre, tamaño y forma, con un común denominador dado por la casi obsesiva manía de concretar un sonido pulido, moteado de arreglos minuciosos, de precisión matemática, sin que por ello pasaran a ser profetas de la asepsia, pues si había que hacer rugir las guitarras, las hacían rugir sin escrúpulos, sin pudor.
Kansas rompió fuegos en 1974 con un álbum epónimo que extendió al mundo lo que había insinuado en años previos, incluso cuando algunos de los músicos se presentaban con el nombre de White Clover. Cada nuevo lanzamiento de Kansas supuso avances para la banda, el afianzamiento de sus líneas y la consolidación de su sonido: ello funcionó, principalmente, en placas como “Song for America” (1975), “Masque” (1975), “Leftoverture” (1976) y “Point of Know Return” (1977), de las cuales brotaron muchas de las canciones mencionadas anteriormente.
En “Monolith” (1979) aún se percibe a una banda entera y en buen estado, sobre todo en pistas como “On the Other Side”, “A Glimpse of Home” y “People of the South Wind”. La voz de Steve Walsh, las guitarras de Kerry Livgren y Rich Williams, la batería de Phil Ehart, el bajo de Dave Hope y el violín de Steinhardt todavía resuenan con magnificencia épica y una generosa gama de colores, aunque también se anuncia un ligero declive en la consistencia de la banda que se evidenciaría con mayor prominencia en “Audio-Visions” (1980), a la sazón, el álbum que marcó el fin de una etapa: Walsh dio el portazo tras su salida y fue sustituido por John Elefante, con quien graban dos placas de buena factura –“Vinyl Confessions” (1982) y “Drastic Measures” (1983)–.
El regreso de Kansas con Walsh en la voz y uno que otro nuevo integrante (entre ellos, Steve Morse, más adelante guitarrista de Deep Purple) se da en 1985 y desde entonces no han parado. Una nueva gira los traerá a Lima para el 19 de setiembre, día en el que se presentarán en el Jockey Club del Perú. ¡A llenarlo!




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